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Piqueteros en funerales
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Piqueteros en funerales

by Valentin Thury Cornejomarzo 15, 2011

Fred Phelps es el octogenario pastor de la Westboro Baptist Church, Iglesia Bautista independiente, cuyo foco principal de proselitismo es el activismo anti-gay. Desde hace ya más de una década, han descubierto el enorme poder de los mensajes revulsivos y han tomado los funerales como  lugar privilegiado para hacerse oír. En cualquiera de estos eventos que tenga o pueda tener algún tipo de repercusión pública -por ejemplo, amenazaron con estar en las exequias posteriores a la reciente matanza de Arizona-, Phelps y sus seguidores -mayormente, su propia familia- despliegan sus carteles. ¿El mensaje? El más conocido: “God hates fags” (Dios odia a los maricones), que se complementa con otros, igual de agresivos: “Gracias Dios por el 11/9”, “Gracias Dios por los soldados muertos”, “Dios te odia”, “America está maldita”, etc. Ejercen así de piqueteros, aunque no en la acepción que el término toma en nuestra realidad cotidiana sino en el más académico que le da la definición quinta del Diccionario de la Real Academia Española:”Pequeño grupo de personas que exhibe pancartas con lemas, consignas políticas, peticiones, etc.”. Su proselitismo no entra en conflicto con el derecho de tránsito de otras personas sino con el daño que sus actos verbales pueden producir en personas como Albert Snyder, padre de Matthew, marine muerto en Irak a cuyo funeral concurrieron Phelps y sus muchachos.

La manifestación tuvo lugar a unos 300 metros de la iglesia católica donde se realizó la ceremonia de Snyder, de acuerdo a las indicaciones de las autoridades locales, y se desarrolló pacíficamente. Los  miembros de la Westboro Baptist Church cantaron himnos y leyeron la Biblia en el lugar designado, sin gritos ni violencia. El cortejo pasó a 70 metros de allí y, según la declaración de Snyder, no pudo leer en ese momento lo que decían los carteles pero si lo hizo esa noche, más tarde, cuando vio las noticias en la TV. El padre del soldado muerto demando a Phelps y su Iglesia por daño emocional y un jurado los condenó por un total de 10,9 millones de U$S, siendo esa cantidad reducida a 5 millones por la Corte de Distrito. Luego, la Corte de Apelaciones revirtió el fallo y el caso llegó a la Corte Suprema. El pasado 2 de marzo, en Snyder vs Phelps, ese Tribunal le dio la razón a los activistas (mayoría de 8 a 1) en base a estos argumentos:

“Westboro cree que EE.UU. está moralmente viciada; muchos americanos pueden creer lo mismo acerca de Westboro. Los piquetes funerarios de Westboro son ciertamente dolorosos y su contribución al discurso público puede ser insignificante. Pero Westboro se pronunció sobre cuestiones de importancia pública en propiedad pública, de manera pacífica, en total acuerdo con las indicaciones de los oficiales públicos. El discurso fue efectivamente planeado para coincidir con el funeral de Matthew Snyder, pero no lo perturbó y ese elección de Westboro de conducir su piquete en ese momento y lugar no alteró la naturaleza de su discurso.

El discurso es poderoso. Puede mover a la gente a actuar, hacerlos llorar de alegría o pena, y -como sucedió aquí- producir un gran dolor. En los hechos a los que nos enfrentamos, no podemos reaccionar frente a ese dolor castigando al emisor del mensaje. Como Nación hemos elegido una vía diferente -proteger aún los discursos dolorosos sobre asuntos  públicos para asegurar que no se sofoque el debate público. Esa elección hace que debamos proteger a Westboro de la responsabilidad civil por su piquete”.

La cuestión que se le presentaba a la Corte Suprema no era fácil. La iglesia de Westboro produce mucho rechazo con sus manifestaciones y ha disparado un número importante de contra-piquetes y acciones mediáticas. Asimismo, las autoridades públicas han legislado a nivel estadual y federal para regular su accionar. El Presidente Bush, por ejemplo, promulgó en 2006 la Ley de Respeto por los Héroes Americanos Caídos, que prohíbe las manifestaciones en un radio de 100 metros de la entrada de cualquier cementerio nacional desde 1 hora antes y hasta 1 hora después del entierro. Pero nada de esto estaba vigente en 2005, fecha de los sucesos que ahora el Tribunal debía resolver. La pregunta esencial que debía dilucidar era la siguiente: ¿estamos ante un discurso público o es un intercambio de mensajes de índole privada? La Iglesia sostuvo lo primero y Snyder adujo que se trató de un ataque personalizado contra él y su familia.

Resulta claro que hay una estrecha relación entre el contexto (funeral de Snyder) y el mensaje (Dios castiga a América y produce la muerte de sus soldados por los vicios de su sociedad). A calificar esa relación es a lo que se dedican la mayoría y la solitaria disidencia (Alito). En la voz del Juez Roberts, la Corte nos recuerda que las actividades de la Iglesia llevan más de 20 años y que han hecho piquetes en cerca de 600 funerales. Su mensaje va más allá de Snyder y si bien ocasionalmente algunos de sus mensajes se pueden entender dirigidos a su persona (“Te estás yendo al infierno”, “Dios te odia”) eso “no cambia el hecho de que el tema dominante de la manifestación era un mensaje político-social más amplio”. No se le escapa a la Corte que el lugar que eligieron no fue casual y que con esa elección pretendieron incrementar su publicidad, pero lo hicieron de manera pacífica y en un lugar público, sin alterar el orden. En sus palabras: “Dicho simplemente, los miembros de la Iglesia tenían derecho a estar donde estaban”. Entonces, prosigue Roberts, el problema no es con el contexto (lugar y tiempo de la protesta) ni con la forma (carteles sostenidos de forma pacífica), sino con el contenido del mensaje y es justamente ese contenido el que la Primera Enmienda defiende.

El Juez Alito corta el troquelado de manera distinta y pone mayor énfasis en el contexto: el mensaje de Phelps y sus seguidores es eficaz en tanto y en cuanto configura un evento mediático. Y logra eso a través de un “malévolo ataque verbal sobre Matthew y su familia en un momento de aguda vulnerabilidad emocional”. Trayendo esta discusión a una que se produjo en nuestra tierra en los inicios del corte del puente de Gualeguaychú: ¿qué pasa cuando la efectividad y visibilidad de un mensaje tiene, como condición necesaria de su éxito, el daño a derechos de terceros? En este caso, nos dice Alito, los manifestantes “atacaron brutalmente a Matthew Snyder, y su ataque, que casi con seguridad causaría daños, fue central para su bien practicada estrategia destinada a atraer la atención pública (…) Esta estrategia funciona porque se espera que las ataques verbales de los demandados herirán a la familia y amigos del fallecido y porque los medios están irresistiblemente atraídos hacia el retrato de personas que están visiblemente doloridas. A mayos escándalo en la protesta del funeral, mayor publicidad obtendrá la Westboro Baptist Church”.

En suma, una sentencia que plantea cuestiones esenciales para la cultura constitucional americana y que por ello ha producido una discusión previa que seguramente continuará en las semanas por venir. La Corte Suprema la ha resuelto de manera estrecha (así lo reconoce el voto por sus propios fundamentos de Breyer) y para ello ha tenido especial importancia la índole pacífica de la protesta y el cumplimiento de las normas oficiales determinadas. La relación no inmediata entre la manifestación y el funeral ha tenido también su importancia (distancia guardada, sin exabruptos ni intromisiones en la ceremonia). Estos detalles parecen haber determinado la línea donde la Corte trató la permisibilidad de la conducta de Westboro. La posición de Alito trae a la mesa de discusión un tema complejo: un evento mediático parece ser más que la suma de sus partes y hay una alquimia que se produce a distancia. Aunque el piquete esté a más de 300 metros del funeral.