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El cristal de Zaffaroni
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El cristal de Zaffaroni

by Valentin Thury CornejoAgosto 23, 2011

«Y es que en el mundo traidor, nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira» (Ramón de Campoamor; 1817-1901).

Luego de alguna entrevista (Página 12), varias declaraciones y muchas muestras de apoyo (algunas espontáneas, como ésta, y otras más orgánicas, como ésta), Eugenio Raúl Zaffaroni tuvo su acto de apoyo en el Aula Magna de la Facultad de Derecho de la UBA. Allí el pasado jueves 11 de agosto, el Ministro brindó su interpretación de los sucesos que lo tuvieron como protagonista, calificando todo el episodio como un intento de “lapidación mediática”.  De este modo procura darle un marco téorico y conceptual a este caso pero, como suele suceder, éste dista de ser neutral. Escuchando (o más bien, leyendo) su discurso veremos si los conceptos que usa resultan adecuados para caracterizar su caso. Y si no lo son, intentaremos comprender los motivos por los que los utiliza.

Empecemos por el concepto central de su argumentación: la lapidación mediática. No he encontrado elaboraciones téoricas del mismo, aunque sí algunos antecedentes de uso por parte de personas públicas acusadas de delitos (el Ministro francés E. Woerth o el psicólogo J. Corsi, por ejemplo). En el caso de Zaffaroni parece más bien la adaptación de la lapidación desarrolllada en los escritos de  René Girard (a quien el Ministro cita), a un contexto mediático donde la realidad se construye (referencia aquí a Berger & Luckmann). La utilización del concepto sitúa ya a ERZ en una posición determinada: la de víctima (posición en la que él afirma que no quiere perpetuarse) y no una víctima cualquiera, sino una inocente. Porque para Girard, la lapidación es una de las formas de ejecución del chivo expiatorio, que es aquélla víctima que carga sobre sí las tensiones sociales y a través de su ejecución contribuye a extirpar las divisiones violentas y a conseguir la unidad social. La figura paradigmática del chivo expiatorio es, en la obra de Girard, Jesucristo, el “cordero sin mancha”.

Llevar esta referencia de la teoría del escritor francés a sus últimas consecuencias es seguramente exagerado, porque la mención que Zaffaroni hace de su obra no deja de ser colateral. Pero el símbolo que toma, no lo es, y tiene un sentido discursivo preciso. La idea de “lapidación mediática” le permite asumir el papel de víctima y, al mismo tiempo, crear un colectivo lapidatorio. Los que arrojan las piedras, a pesar de las distintas motivaciones que ERZ les reconoce, actúan conjuntamente a través de un instrumento: la prensa amarilla. Según el discurso, muchos son los agresores (se mencionan hasta doce, comenzando por la ONG denunciante, llegando a “personas ideológicamente enfrentadas” y pasando en el medio por “profesionales que envidian abiertamente su prestigio y conocimiento”). Pero su táctica, según el Ministro, es ineficaz por dos motivos: por el perfil del agredido (“es más difícil golpear a una víctima cuando ésta tiene perfil transgresor”) y por la manifiesta ineficacia del instrumento utilizado (“una ilusión puede llegar a tener éxito, pero una alucinación nunca puede tenerlo”).

El discurso abunda en el análisis de las circunstancias fácticas, que se reconducen a esta estructura central. El “relato” -según la expresión tan cara a ciertos sectores intelectuales- es el de una víctima sometida a la violencia de sus lapidadores y, en este sentido, resulta funcional a ERZ porque presupone su inocencia. Pero todo este razonamiento, muy sugerente e ilustrado por cierto, tiene dos presupuestos fuertes: la voluntad de eliminación de la víctima (objetivo de la lapidación) y el actuar conjunto de los lapidadores, tirando piedras sobre un sujeto indefenso. Creemos que ninguna de estas dos circunstancias se han producido. ¿Se ha querido “eliminar” a Zaffaroni? Lejos de ello, los protagonistas principales (ONG, medios, periodistas, políticos, etc.) han intentado, en general, tratar el tema desde una perspectiva institucional, han respetado el prestigio del Ministro y su investidura como juez de la Corte Suprema, y han mantenido las formas. Solamente en los márgenes se podría afirmar que hubo un tratamiento “amarillo” del tema o “que se pidió la cabeza de Zaffaroni”, pero ellos han sido excesos y no la regla general.

Si la voluntad de eliminación no es preponderante, el marco conceptual de la lapidación pierde fuerza explicativa. Desde su proceso de nombramiento, las opiniones sobre ERZ han estado divididas y son estos pareceres sobre su accionar los que se han manifestado en este caso. Zaffaroni, como él mismo lo reconoce, tiene un perfil transgresor y maneja códigos respecto de la actividad judicial que son distintos a los de los restantes jueces (alta exposición pública y mediática, contactos con políticos, etc. etc.). El affaire de sus departamentos ha ido, justamente, al centro de esta cuestión. ¿Afecta este caso el decoro de la función judicial? ¿Debe ERZ como juez de la CS mantener un estándar para la administración de sus bienes personales más alto que el de la media? ¿Debe brindar explicaciones a la sociedad por su accionar? Estas son algunas de las preguntas que han estado en el candelero y que los protagonistas han traducido en pedidos de explicaciones al Ministro. ERZ fue bastante remiso en darlas ya que, como sabemos, las víctimas no deben darlas. Interpretar esta dinámica en términos lapidatorios suena al menos exagerado.

La segunda razón por la cual el concepto de “lapidación mediática” es problemático en el intento de ser aplicado a este caso, es por la conformación del sujeto lapidador. ERZ reconoce la pluralidad de motivaciones en los actores que cita como lapidantes y reconoce la exigencia de un “empresario moral” que convoque a la misma. No lo nombra y ello deja en un cono de sombras la articulación del sujeto. Vuelve al tema al hablar de la prensa amarilla, a quien presenta como instrumento del ataque. Pero este instrumento, como bien sabemos, no es un elemento inerte (ni que sea utilizable asimilándolo a uno), sino que es un sujeto activo. En este sentido, ¿funcionan acaso los medios como elementos homogeneizadores del ataque? ¿Cumplen ellos el rol de agente moral, dandóles consistencia subjetiva a una pluralidad de intenciones de muy diferente rango? Difícil pregunta, que el discurso y el concepto de “lapidación mediática” dejan sin responder, aunque el sí sería una respuesta factible. Para profundizar en la comprensión del modelo, analicemos entonces esta posibilidad…

¿Han actuado los medios como un colectivo? Sí y no. Pueden actuar como un colectivo, en la medida en que responden a una lógica conjunta. No suelen actuar así porque se pongan de acuerdo en una acción conjunta (v.gr: perseguir a un Ministro de la Corte Suprema). Es la diferencia entre responder a los mismos incentivos y actuar en consecuencia, que en pactar hacerlo. ¿Por qué es importante esta distinción? Porque pone en cuestión todo el concepto de “lapidación mediatica”, en lo que hace a la intencionalidad requerida para llevarla a cabo. Los medios forman parte esencial de la esfera pública contemporánea y la conforman, pero su comportamiento obedece más a su lógica de funcionamiento que a la personalización de una voluntad. Esto se discutió, en este caso, bajo este formato: ¿es noticia que Zaffaroni posea inmuebles donde se ejerce la prostitución? Los que sostienen la personalización de la intención de los medios vieron en su publicación motivaciones interesadas (de las que se nutre el discurso lapidatorio); en cambio, los que analizan la lógica de los medios vieron solamente un hecho que reunía las características, de acuerdo con los incentivos del mercado periodístico, para ser noticia -lo que en estudios de la comunicación se llama “noticiabilidad”-.

El entorno mediático tiene múltiples actores que responden a una lógica de funcionamiento semejante pero que a la vez se distinguen en sus enfoques, posicionamiento ideológico, poderío económico, estilo, penetración en el público, etc. Entender, desde lo mediático, casos como el de Zaffaroni requiere de otro tipo de instrumentos, que expliquen el rol de los medios en el sistema social. John B. Thompson, por ejemplo, ha realizado ese ejercicio, resaltando la centralidad del escándalo político en la vida pública actual. Este fenómeno se edifica sobre una caracteristica estructural de la modernidad: la difuminación de los límites entre lo público y lo privado, que produce lo que él llama una “nueva visibilidad”. Los límites no son iguales ahora que antes, y esa es una de las cuestiones que Zaffaroni elige ignorar al tratar esta cuestión como una “meramente privada” o “como un problema de consorcio”. Los problemas de consorcio, si son de un juez de la Corte, es probable que pasen a ser cuestiones públicas y entren en la lógica mediática. Innumerables ejemplos de la prensa amarilla y no amarilla en países con una larga tradición de periodisimo serio y auto-regulado, así lo atestiguan.

La “victimización” de Zaffaroni elude el debate acerca de los deberes del juez y del perfil que la Corte Suprema requiere. O, diríamos mejor, al rehusar dar explicaciones circunstanciadas, ERZ asume una división entre esfera pública y privada determinada. Para lograrlo, elige situarlo en un marco que ha probado su efectividad en la política actual: el de la construcción del enemigo mediático. Así, el victimario sin escrúpulos actúa sobre la víctima indefensa. Pero lo que la realidad y el discurso de ERZ demuestran es que esta “víctima” está lejos de estar indefensa. Antes bien, tiene garantías institucionales que lo protegen (inamovilidad que cae solo ante el juicio político, de muy improbable éxito), tiene capital simbólico y tiene aliados políticos y académicos. Zaffaroni está lejos de la imagen de un lapidado, sólo ante la turba enfurecida. ¿Por qué usar la imagen de la “lapidación mediática”, entonces? Su potencia retórica es indudable y, sin duda, esta es una razón poderosa. Pero, además, su uso tiene otras funciones adicionales: lo exime de dar explicaciones exhaustivas (sólo probar que no se puede probar su intención dolosa), evita el debate sobre el lugar del juez y empalma con el relato sobre la construcción mediática de la realidad.  Para decirlo con otras palabras, Zaffaroni asume su calidad de víctima y con ella disfraza lo que en realidad es una toma de posición en un debate actual de la sociedad argentina. Entre el marco que dice “este es un problema acerca de las calidades individuales que debe tener un juez” y el que dice “acá se juega la construcción de la realidad por parte de los medios”, ERZ opta por el segundo y al hacerlo, neutraliza el primero. Pero no lo hace gratis, porque pone a todos los que propusieron ese debate en el rol de lapidadores.

No quisimos entrar en esa dicotomía porque no teníamos claros los esquemas interpretativos en juego y por ello no emitimos opinión antes sobre este caso. Ahora que Zaffaroni ha explicitado su postura, hemos creido relevante analizarla y ver cuál es el marco con el que un Ministro de la Corte piensa la realidad jurídico-política y los límites de su función. También lo es constatar cuál es su interpretación del modo en que los medios construyen la realidad. Y, debemos decirlo, su interpretación es maniquea, porque estigmatiza las expresiones que considera contrarias y les otorga una intencionalidad maligna sin ser consciente de que los medios asumen el lugar de un foro publico donde los sucesos políticos se construyen. Zaffaroni también participa de ese foro público, ha expresado sus opiniones y ha encontrado una cantidad muy importante de personalidades académicas y políticas, así como público en general, que han salido en su defensa. No es Zaffaroni contra los lapidadores mediáticos, sino que es él usando los medios para emprender una batalla simbólica contra los que cree que lo atacan (a través de los medios). Un breve repaso a la prensa del último mes puede dar cuenta de las interpretaciones cruzadas que hubo sobre el caso, de la falta de acuerdo interpretativo y de la casi nula (si alguna) voluntad lapidadora.

Para lapidar se necesita intención de eliminar. Como en el cuento del escorpión y la rana, aquí las acciones obedecen más a la naturaleza de los actores -de su lógica de funcionamiento- que a intenciones conspirativas o intentos de figuración mediática. Por otra parte, asimilar la diversidad de voces que requirieron explicaciones de Zaffaroni- algunas llegando a pedir la renuncia (escasas), otras pidiendo el tratamiento en la Comisión de Juicio Político- trasluce poca sutileza analítica. Los medios son uno de los ámbitos principales en los que se desarrolla la esfera pública actual, que por definición es plural. En ella se han dado los debates y múltiples voces se han hecho escuchar. El Ministro ha usado los medios tanto como sus supuestos detractores. Ello no quiere decir aceptar su funcionamiento perverso, pero no es éste, a nuestro criterio, el comportamiento preponderante que ha tenido. Hay sucesos desafortunados que desencadenan procesos sociales que hay que asumir con la responsabilidad del cargo que se ocupa. Refugiarse en el victimismo heroico ayuda poco a las instituciones y menos lo hace la demonización de los que proponen un debate, basado en hechos que, en lo medular, son ciertos. Hubiera sido bueno, en ese sentido, que Zaffaroni diera sus explicaciones a la sociedad entera y no se limitara a pronunciar un “discurso” en un entorno amigable.