¿Deben los jueces hablar de su (im)parcialidad?

por VTC

Es lo que Robert Nagel, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Colorado, se pregunta en este artículo de la Northwestern Journal of Law & Social Policy. Su análisis comienza con una de las características esenciales de la retórica judicial, la impersonalidad del estilo empleado, que tiende a ocultar las múltiples “parcialidades” que los jueces suelen tener al resolver las controversias. Esto, nos dice Nagel, es una fuente de legitimidad para el juez que actúa. Pero, ¿es sostenible en la situación actual? Si lo fuera, ¿a qué precio? Y lo que a nosotros nos parece la pregunta más interesante, ¿son los jueces verdaderamente conscientes de los intereses a los que están sometidos y como influyen sobre ellos? Bajo este prisma, la cuestión del estilo judicial cobra una dimensión nueva: ya  no se trata solamente de cómo se posicionan los jueces frente a la sociedad que los escucha, sino que se relaciona con el grado de reflexividad que poseen al ejercer sus funciones.

Los jueces, muchas veces, tienen intereses en los casos que deciden que los alejan de su imagen mítica (con una toga cuasi-sacerdotal, impasibles, absolutamente equidistantes de las partes). Ellos no necesariamente son espúreos, sino que pueden relacionarse con su anterior actuación en otras ramas del gobierno (v.gr: Marshall como “armador” de la comisión que dio lugar a Marbury vs. Madison), con sus afinidades ideológicas o por defender posturas que han sostenido con anterioridad (o sea, con su dificultad para “desdecirse” y admitir, eventualmente, errores). Estos elementos condicionan la imparcialidad judicial pues, tal como diría Gadamer, su postura hermenéutica no parte de una tabula rasa sino de un conglomerado de circunstancias que  modulan su perspectiva. Esto, nos dice Nagel en su artículo, es suficientemente conocido por los actores del sistema pero, sin embargo, show must go on. Sabemos que los jueces no son perfectamente imparciales y que su neutralidad no es absoluta, pero necesitamos que alguien juzgue. El método empleado son los ritos de imparcialidad, del cual el silenciamiento de estos condicionamiento en las sentencias es uno de sus componentes esenciales. A pesar de que estos ritos no aseguran de por sí la legitimidad, no se sigue de ello que la actuación de los jueces sea necesariamente ilegítima. ¿Por qué? Por varias razones: una es la creencia misma en el sistema legal, en la autoridad legal; otra deriva de la credibilidad de los procedimientos judiciales, que asegurarían esa neutralidad; otra, por último, es la convicción de que los jueces están capacitados y harán todos los esfuerzos para vencer esas presiones.

Nos dice Nagel:

“Si factores como los procedimientos justos y el autocontrol personal son las bases reales para la satisfacción pública con la imparcialidad judicial, el ritual del silencio podría ser dejado de lado. Hay pocas razones para simular que los jueces no tienen intereses en los casos que deciden si la mayoría de la gente se da cuenta de que sí los tienen y creen que hay métodos efectivos para mantener su parcialidad dentro de límites aceptables. Es más, en casos donde la posibilidad de desvíos es fuerte y evidente, el reconocimiento puede ser un reaseguro más importante que el silencio. El reconocimiento al menos indica un grado de auto-conciencia.”

A desarrollar esta afirmación final se va a dedicar la segunda parte del artículo, a partir del análisis de algunos casos jurisprudenciales de la Corte Suprema americana. Estudia así casos en los que ese Tribunal tuvo que analizar las posibles presiones ejercidas sobre jueces inferiores (v.gr: la influencia que puede tener una persona sometida a juicio respecto de la campaña electoral del juez que lo va a juzgar -cuando estos cargos son electivos) y llega a la conclusión de que hay una tendencia en los jueces a sobre-valorar su propia capacidad de resistir las presiones. Esta valoración se opone a las consideraciones que esos mismos jueces hacen respecto de terceras personas, por ejemplo, en casos relacionados con la libertad de expresión. Dice Nagel: “el realismo psicológico que se encuentra en muchos casos relacionados con la libertad de expresión está notoriamente ausente cuando es un juez el objeto de los mensajes intimidatorios”. Algo de esto podemos encontrar en este seminario que tuvo lugar en el 2011 en Oxford, donde jueces ingleses evaluaban el posible impacto del tratamiento mediático sobre los saqueos juveniles en Londres sobre los jueces que luego tuvieron que juzgar sus conductas. El Juez Potter, por ejemplo, minimiza esta influencia y asegura que los jueces se encuentran capacitados para sobreponerse a ella (vid. resumen de su ponencia, aquí).

Esta cuestión se relaciona con algo que la ciencia de la comunicación ha estudiado bastante y se llama Third Person Effect (Efecto de la Tercer Persona). Lo que dice esta teoría -con muchos estudios empiricos que certifican sus resultados- es que la gente tiende a evaluar los efectos que los medios de comunicación tienen en otras personas -la tercer persona del título- como más relevante que respecto a ellos mismos. Sería, para entendernos, como una trasposición de la “viga en el ojo ajeno” evangélica al plano de las relaciones sociales. Creemos que los medios tienen una gran influencia en la sociedad – en los demás- pero no logramos adquirir una postura más autoconciente respecto de la que tienen sobre nosotros mismos. Hay un hiato entre el conocimiento social y la reflexión personal.

Esto resulta sumamente importante para la actividad judicial, porque los jueces deben estar especialmente atentos a su capacidad de ser influidos. ¿Es ello evitable? Creemos que no, salvo que se aíslen absolutamente (como comentaba esta nota respecto de Clarence Thomas quien, para no ser influenciado, deja de leer la prensa cuando está ante uno de esos casos estratégicos que dividen a la sociedad americana). Pero si no es absolutamente evitable o ello no es deseable (porque se deja de lado un contacto necesario con el mundo circundante), si parece deseable que los jueces “procesen” esas influencias. Un modo de hacerlo es a través de su expresión. Nombrarlas y tratarlas puede ayudar a que ellos mismos y el público a quienes se dirijan sepan que ellos las tienen en cuenta. De ese modo, puede tener más asidero la teoría de que tienen más elementos para resistirlas. Por lo menos, podríamos decir, las tienen identificadas y las ponen encima de la mesa.

Un tema complejo, para seguir discutiéndolo. La retórica judicial tiene sus razones de ser, pero necesita ser revisada para flexibilizar algunos de los supuestos que la componen. Creo que a esta altura todos tenemos claro que los jueces, mal que le pese a Dworkin, no son Hércules. Nos encantaría que lo fueran, pero la realidad es la realidad. Abrir la discusión y clarificar los procesos mediante los cuales se toman las decisiones judiciales, incluyendo una descripción más adecuada del propio proceso de descubrimiento que lleva al juez a una determinada conclusión sería un avance muy provechoso. Casi revolucionario, me atrevería a decir.

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6 comentarios to “¿Deben los jueces hablar de su (im)parcialidad?”

  1. Llevo 28 años de juez y el tema que has abordado es de superlativa importancia, ya que el unico Juez competente para evaluar la independencia e imparcialidad tiene su asiento por doquier y se llama Tata Dios, (Abba en mi intimidad con El). En esto no se puede ser autorreferente, pues la independencia no se declama, no se proclama sino sencillamente se VIVE aunque no te lo crean muchos, especialmente los que tienen un interes en tu decision (No que hagas justicia, sino que le des la Razon).
    Pero mi desafio en justificarme, es cuando he sido recusado por no ser imparcial, y eso en mi es muy grosso psicosomaticamente, porque generalmente los que impugnan tu ecuanimidad, no estan muy cerca de los deberes de lealtad, probidad y buena fe.
    :LLevaria mucha tela explicar este proceso mental procesal deontologico. Solo se me ocurre decir que cuando uno juzga, tiene que asimilar a las partes psicologicamente como hijos a los que debemos “administrar” (no disponer) la solucion a su conflicto, con sensatez, indulgencia, PRUDENCIA ARISTOTELICA TOMISTA, no en nombre del Rey Juan Carlos, sino del pueblo, y de manera republicana.- Solo la trayectoria anterior y posterior (no diria con tanta seguridad SOLO) pueden ratificar tu imparcialidad. Pero es tan regocijante darle la razon al que insulto, que murmuro, que desconfio, que sospecho si la tenia, como denegarsela al vesre, con una simple logicajuridica no sobreactuada….

    Felicitaciones por este importante espacio pra la Recta Razon Juridica.-
    Un saludo cordial
    Eduardo Fernandez Mendía

    Juez del Superior Tribuna de Justicia de La Pampa ( mas o menos imparcial, segun sople el viento Norte, que tiene su explicacion histórica)

  2. Interesantísimo tema, respecto del cual nuestro derecho jamás se hizo cargo. Me refiero al tema acotado a la influencia de la opinión pública y de los medios sobre las decisiones judiciales.

    Supongo que esta falta de interés se debe a que en nuestra cultura jurídica creemos que alguien es imparcial por el simple hecho de ser juez.

    La premisa consiste en un acto de fe: el (supuesto) conocimiento del derecho de los jueces permite que ellos no tengan en cuenta los factores extrajurídicos (este término es utilizado como si el derecho fuera “puro” en sentido kelseniano). Es decir que los jueces tendrían una capacidad especial difícil de hallar en el resto de los seres humanos que les permitiría evitar la influencia consciente y aun inconsciente de estos factores. Nada más lejos de la realidad.

    En verdad, el orden debe ser el inverso. Para llamarse juez, alguien debe ser imparcial; en nuestro medio, se opina lo contrario, esto es, que para ser imparcial, alguien debe ser juez. Absurdo.

    En el sistema de jueces legos no profesionales estadounidense (jurado clásico) existen algunos remedios para neutralizar esta posible influencia. El instituto del “change of venue”, es decir, el traslado del juicio a otra jurisdicción geográfica, pretende hacerse cargo del problema. Por supuesto que cuando se trata de noticias de alcance estatal o nacional, tal traslado del juicio no produce efecto alguno.

    Pero lo rescatable de la institución es que representa el reconocimiento del problema, algo que entre nosotros, dado el sistema de jueces profesionales y permanentes, es invisibilizado.

    Saludos,

    AB

    PS: uno de los pocos trabajos sobre el tema que se ha escrito por aquí es el de Fabricio Guariglia: Publicidad periodística del hecho y principio de imparcialidad, en AA.VV., Libertad de prensa y derecho penal, Ed. Del Puerto, Buenos Aires, 1997.

  3. Muy buen tema!! Aporto un comentario de Silva Sánchez que menciona brevemente un aspecto de este artículo: la opinión de los medios en casos penales y la imparcialidad. Las soluciones que propone son a primera vista bastante drásticas. Se publicó como editorial en In Dret 1.12, una revista electrónica de excelente calidad al igual que este blog. El comentario me pareció doblemente interesante por que para esa época estalló aquí el “caso Ciccone”. Va el link http://www.indret.com/pdf/editorial.2_5.pdf

  4. El tema es complejo. La justicia es ciega, pero no así los jueces. En otros países se los viste de toga, no solo por un tema de costumbrismo histórico sino porque la toga, al igual que el guardapolvo blanco, iguala e impide (en una estructura formal) que el modo de vestir del juez puede acercarlo a los intereses de un litigante. Pedir la objetividad absoluta es imposible, al menos en lo humano (como señala el comentario de Fernández Mendía) y me animaría a decir que aún en lo religioso, ya que para los creyentes, Dios es amor y misericordia.

    El tema creo lleva en realidad a una profunda discusión filosófica, la teoría de cómo se forman las decisiones judiciales (theory of judicial decision) tema sobre el cual se ha escrito mucho. Hay múltiples factores que modelan la decisión judicial, sin que pueda catalogarse al juez de “parcial”. Este no es una mera máquina, ni la “boca que pronuncia las palabras de la ley”. Su formación teórica, sus experiencias pasadas, su psicología, su pensamiento político, etc. impactan ciertamente en el contenido de la decisión. Obviamente hay ciertas razones que exceden ese marco y que claramente transforman la decisión en interesada “directamente” y, por lo tanto, descalificable. El artículo que comentás cita varios de esos casos: el juez que tiene intereses directos en el resultado de un caso (juez y parte a la vez), o en los casos de jueces electivos, la presión por la reelección y las contribuciones de grupos económicos para obtener un juez “afin” (un tema con el cual John Grisham hizo una novela y contra el cual la ex-jueza de la Corte Suprema de EEUU, Sandra Day O’Connor permanentemente lucha), entre otros.

    Podemos poner un ejemplo fuera del ámbito judicial. ¿De qué equipo son los árbitros de fútbol? Obviamente deben ser simpatizantes de algún equipo. Sin embargo, ello no los lleva (o no los debería) a no arbitrar adecuadamente o a favorecer al equipo de su simpatía. Lo mismo debe regir para los jueces.

    Lo importante creo es que el juez sea “honesto”, entendiendo por tal aquel que es capaz, a pesar de sus visiones personales, fallar aún en contra de ellas si los hechos del caso no le dan la razón. En un sistema como el nuestro, en donde el Poder Judicial es un poder del Estado en igualdad (al menos en teoría) con los otros dos poderes, el mantenimiento de este nivel de imparcialidad es central para garantizar el Estado de Derecho. Creo que debemos analizar esa imparcialidad en dos ámbitos: el del juez y su relación con las partes de un litigio privado y el de aquél con las restantes ramas del gobierno. En el primero, la imparcialidad (con los alcances antes referidos) normalmente se logra; en el segundo caso, no tanto y es éste en donde creo debe radicar nuestra principal preocupación.

    Me parece oportuno rescatar el dictamen del Comité del Senado de los EEUU (de composición mayoritariamente Demócrata) frente al “packing plan” de Roosvelt para ampliar el número de miembros de la Corte: “Esta es la primera vez en nuestra historia que la propuesta de alterar las decisiones de la Corte mediante el aumento del número de sus miembros es planteada en forma tan descarada. Enfrentémosla. Sentemos un precedente saludable de modo tal que nunca sea violado. Nosotros los miembros del 75º Congreso declaremos, en palabras que nunca deberán olvidadas por subsiguientes Congresos, que preferimos una Corte independiente, una Corte sin temores, una Corte que no tema anunciar sus honestas opiniones en lo que considera la defensa de las libertades del pueblo, que una Corte que, llena de temor, de sentido de la obligación hacia el poder que los nombró, o de pasión política, apruebe cualquier medida que pudiésemos sancionar. No somos jueces de los jueces. No estamos por encima de la Constitución”

  5. Eduardo, Alberto, Santiago, Alfredo: muchas gracias por los aportes que enriquecen mucho el diálogo sobre el tema. Me parece claro que la imparcialidad del juez pasa esencialmente por su fuero interno, por como maneje las presiones y los intereses. Cuando estos son notorios, hay institutos como la excusación y recusación que los regulan. Sin embargo, cuando no llegan a ser tan visibles ello no quiere decir que esos intereses y presiones no existan. La cuestión en este punto es: ¿debe el manejo de ello quedar en el fuero interno o debe tener alguna forma de publicidad? Ello es, ¿debe el juez explicitar desde donde parte su razonamiento para que así sea evaluado con mayor justeza? ¿Es bueno que el público conozca esta “trastienda”?

  6. Si la imparcialidad dependiera de una Toga, los jueces que tratamos de no usar corbata estamos en el horno.
    En mi corta vida de Juez, he visto muchos mas casos de presiones internas, en general sutiles en la forma de “si yo estuviera en tu lugar…” que presiones externas.
    La opinión pública claramente es un factor de poder y de presión y en lo que veo, es mentira que no influye en los jueces.
    Creo que si tuviéramos mejores sistemas de información que permitieran seguir el derrotero judicial de cada uno de los jueces y ver cuando se desvía de su propia media, tendríamos una forma de control fantástica y efectiva para el propio juez.
    Nadie esta a salvo de su propia esquizofrenia, pero los Jueces deberíamos ser consecuente con nuestros fallos anteriores y si no son obligatorias por ley, lo deberían ser por seguridad jurídica y en el caso de variar el precedente dar cuenta acabadamente de porque lo hacemos.
    Coincido con Mendia que es feo cuando a uno lo cuestionan como imparcial cuando en el fuero interno uno se sabe que no lo es, pero esta garantía es para el justiciable, no para uno.
    Creo que cada imputado tiene derecho a una bala de plata en el sentido de una recusación sin causa.
    Se que AB quiere a los jurados y por temas como estos yo también los quiero, no porque crea que son menos influenciables, pero poner de acuerdo a 12 personas exige un trabajo de prueba por parte del fiscal que pocos ataques de la prensa pueden influenciar, máxime cuando uno tiene la posibilidad de elegir en el pool de jurados alguan personalidad dura que sea refractaria a la prensa.
    Abrazos
    JP Chirinos

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