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Pecado de juventud
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Pecado de juventud

by Juan LahitouMarzo 2, 2015

sword_in_the_stone_revisited_by_lunitaire-d5izefePobre Carlés. Estoy obligado a sentir empatía por este joven. Me parece una obligación de todos los treintañeros anónimos a quienes la primera hora de lectura de una tesis doctoral nos manda a soñar con escenarios donde nosotros somos los protagonistas de discursos magistrales o de votos que cerrarán discusiones legales con la elegancia de un sarcástico barrister inglés. Jurídicamente, Carlés equivale al pequeño Arturo mientras se dispone a sacar la espada clavada en la piedra. Es el sueño del alcanzapelotas que por una casualidad del destino lo mandan a ponerse la 10 titular, en un superclásico. “Pibe, chocó el micro que traía a los jugadores y tenemos que pedirte que juegues. Apurate que River ya salió a la cancha y no queremos darle el walk-over” ¿Alguién puede exigirle que haga uso de la autocrítica y se excuse para ocupar un cargo que pareciera quedarle inmenso? Evidentemente, él debe pensar, como todo joven, que está para grandes cosas.

Me lo imagino meditando en su fuero íntimo: “Si bien no tengo experiencia, tengo las ganas y la capacidad para aprender rápido. Además, las varas de los objetores son demasiado altas para nuestro ambiente. Irreales, inalcanzables y muy fuera de tono con lo que normalmente terminan eligiendo. A los Argentinos ni Messi los satisface. La vara que vale no es la de la oportunidad perdida sino la de los ejemplos recientes y la de los Ministros actuales. En este sentido, ¿por qué no me comparan con mi maestro Zaffaroni, que ha hecho de la “ausencia” un apostolado?”

Ingrato. Ingrato. Mejor me meto con Fayt y, como lo hizo Arslanian, justifico en su avanzada edad los pecados que entraña mi juventud e inexperiencia. Además se trata de un cuerpo colegiado, con lo cual no voy a tener espacio para maniobrar solo. Y si soy joven y fácilmente manipulable, pues seré tierra fértil tanto para quienes me propusieron como para quienes pueden oponerse. Seguro voy a ser un sujeto operable, probablemente por quien tenga más cerca, como mis eventuales colegas. Y la percepción que la gente tiene de la actual Corte es favorable. La objeción se cae de bruces, entonces, como también se cae aquella de que responderé a este Gobierno. ¿Acaso no garantizaría yo la independencia si el actual gobierno cambia de signo?

Por último, ¿de qué sirve el gran currículum, las probadas experiencias, el aplomo y demás cuestiones si un presidente me propone y el Congreso presta su acuerdo? Yo soy ajeno, hasta el momento en que me vea en funciones y en ese momento, tengo todas las garantías institucionales para probar lo que Karl Popper observó antes de fallecer: la mayoría somos buenos para juzgar una gestión pasada, pero se nos hace muy difícil evaluar, de antemano, quien podría garantizarla.

Yo no puedo atacarlo por no declinar el ofrecimiento. Es natural que se sienta mimado y que se ilusione, aún cuando el oficialismo pueda no tener los votos para su nombramiento y esto termine siendo, tan sólo, una operación política de la cual saldrá, cuanto menos, famoso. Pero que Carlés sueñe tampoco implica que deba apoyarlo y declinar las esperanzas de que la Corte tenga un candidato que prometa más. Pongamos a Popper en perspectiva, ya que si bien es verdad que todos podemos ser engañados y defraudados por quienes en algún momento elegimos, ello no nos excusa de estudiar bien los antecedentes para reducir el “salto de fe” que nos exige toda elección.

Carlés, tenés mi corazón pero ni loco tenés mi voto.